Los primeros acordes de Everlong de Foo Fighters empiezan a sonar por la radio. Y yo, que estoy más que acostumbrada a este acto reflejo, cambio repentinamente de emisora. Como si mi dedo tuviera un resorte y mi cerebro un piloto automático que se activase con esa canción.

¡Alarma, alarma, alarma! ¡Quítala, quítala, quítala!

Pero tía, ¿por qué pasas de mi cara?. –Pregunta la voz del mismísimo Dave Grohl–. Pensaba que estábamos juntos en esto. ¿Es que ya no te molo?

Y tanto que me molas, Dave; al igual que Kids with Guns de Gorillaz, Stand Up de The Prodigy o Incendios de nieve de Love of Lesbian. Everlong sigue siendo una de mis canciones favoritas, pero ahora no tengo fuerzas para escucharla. Ya no me recuerda a mí, no sé si me hago entender. Ahora pertenece a otra persona; a otra persona que ya no está aquí.

¿De qué coño estás hablando?.–Protesta Grohl–.

Muy bien, Dave. Ya que lo preguntas, vamos a hablar sobre la tiranía de las canciones compartidas. Y no me refiero a las canciones que escuchas por primera vez en compañía de esa persona especial. No, no; estoy hablando de esa canción que descubriste hace mil millones de años y que siempre ha formado parte de ti, pero que de la noche a la mañana solo te recuerda a Él/Ella. Y todo porque un buen día decidiste escucharla en compañía.

“Vamos a follar hasta que nos enamoremos”, decía Ana Elena Pena. “Pero sin canciones significativas de por medio, gracias”, añado yo. Y es que cuando acabe tu Historia de Amor y La Canción empiece a sonar, lo único que recordarás será la silueta de ese cuerpo que ya no volverás a tocar. No importa el recuerdo previo que tuvieras de esa canción -una noche de fiesta, un viaje con colegas, un momento tuyo personal-; si la has compartido con Él/Ella estás jodido. Bien jodido.

¿Me permites un consejo?.–Interrumpe Dave –.
Adelante.–Respondo yo–.
Recupera lo que es tuyo y deja de joder.
¿Que recupere lo que es mío y deje de…?

Entonces, despierto. Me doy cuenta de que ya he llegado a mi destino, de que llevo unos cuantos minutos dentro del coche. Ni siquiera sé qué estoy escuchando; probablemente el último número uno de Los 40 Principales, quién sabe.

Recuperar lo que es mío…–Asimilo las palabras del Todopoderoso Grohl–. ¿Que saque Everlong, Kids with Guns e Incendios de nieve de la lista negra? ¿Que genere nuevos recuerdos y me cargue los anteriores?
¿Nunca te han dicho que la táctica del clavo que saca otro clavo es una patraña?.–De nuevo Dave–.

Y entonces, lo comprendo.

Me doy cuenta de que debo reconquistar esas canciones perdidas, mías por pleno derecho. No hace falta iniciar ninguna batalla campal; basta con pulsar el botón de play y dejarlas sonar.

Y eso hago.

De repente, Kids with Guns te devuelve al FIB de 2010; el primero de muchos, el primero de todos. Ya no te recuerda a las eternas tardes de verano que pasabas recluida en su cama, sino al momento en que Damon Albarn salió al escenario con su camiseta de rayas y a ti se te cayó la birra de la impresión.

El que bajen tus labios y me callen de Incendios de nieve, ya no te recuerda a aquel primer beso en aquel concierto de Love of Lesbian, sino a la primera vez que escuchaste 1999 del tirón y lloraste lo más grande.

El recuerdo de aquella noche de fiesta mano a mano –en la que descubriste, al ritmo de Stand Up de The Prodigy, que estabas jodidamente enamorada– da paso a tu última noche de Erasmus, en la que acabaste berreando “paaa pa pa pa paaa” en pleno momento de exaltación de amistad.

¿Y Everlong?.–Pregunta Dave–. ¿Qué pasa con Everlong?
Para Everlong, querido Grohl, me falta un poco más de tiempo.

 

*texto de Irene Benlloch