‘Bojack Horseman’ es una de las mejores series de animación en emisión, no sólo porque una vez más ha demostrado que los “dibujos animados” no están dirigidos a un público exclusivamente infantil, sino porque  ha puesto de manifiesto que las comedias pueden evolucionar y mutar, pueden adentrarse en el drama y salir victoriosas, perteneciendo también a este mismo género. De esta forma, se ha situado al lado de otras comedias como ‘Please like me’ o ‘You’re the worst’, reafirmando que si una ficción es buena, tiene una buena historia y un buen guión, puede explorar todos los ámbitos que le de la gana, y no le hace falta ninguna etiqueta.

Bojack Horseman es actor. Un actor fracasado que sigue viviendo de las rentas de su primer éxito, una comedia de risas enlatadas llamada ‘Horsing around’. Es egoísta, alcohólico, posiblemente adicto al sexo, usa a todos los demás a su conveniencia y deja mucho que desear como profesional y como caballo. Sí, porque está protagonizada por todo tipo de animales antropomorfos y muy pocos seres humanos, lo que la hace aún más atractiva. Pero Bojack lo sabe, es consciente de su defectuosa personalidad y ha asumido que no puede más que seguir siendo él mismo y acostumbrarse a su depresión crónica. Partiendo de esta premisa, ciertamente oscura, lo cierto es que la espiral de malas decisiones en la que se van a ver envueltos todos los protagonistas nos va a desestabilizar emocionalmente muchas veces, pero también nos va a regalar muchas risas, sonrisas y muy buenos momentos.

Ya el cartel de la segunda temporada ponía de relieve, al colocar el nombre de Bojack  junto al de Don Draper, Tony Soprano o Walter White, que no estamos en presencia de un héroe perfecto de expediente intachable, sino más bien todo lo contrario. Bojack Horseman es un egocéntrico, sí, pero totalmente cegado por una depresión que le impide ver más allá de su dolor, su fracaso y sus propias narices. Esta es una historia de decadencia, imperfecciones, defectos y encontronazos, la crónica de un fracaso anunciado. Un estudio detallado y realista del alma humana y un retrato bastante certero de los defectos de los hombres en un formato más accesible.  Además, es muy novedosa en cuanto a la narrativa, ya que la animación permite hablar más directamente de ciertos temas y sin tapujos, porque todo suena más políticamente correcto si sale de la boca de un caballo o un labrador parlante. De hecho, ahí radica uno de los principales aciertos, porque aprovechándose de esa circunstancia no se corta un pelo a la hora de criticar o polemizar y no deja títere con cabeza.

De esta ficción nos engancha su historia, su evolución, cómo están dibujados los rasgos de la personalidad de Bojack, su descenso a los infiernos y sus intentos fallidos de convertirse en alguien mejor, pero también su coralidad. Todos los personajes están perfectamente construidos y pocos se quedan en la mera caricatura, todos tienen algo que contar. Princess Carolyn, Diane, Todd o Mr. Peanut butter, seres  imperfectos y realistas que  funcionan perfectamente como contrapunto a su protagonista. Bojack es el nexo común de todas las historias, pero todos los demás están igual de bien desarrollados, o incluso mejor. Todos ellos están igual de perdidos en mayor o menor medida, ya que en resumen, lo que nos vienen a contar, sin ningún afán moralizante, es que todos lo tenemos igual de complicado en general y que las cosas no son fáciles para nadie, independientemente de sus circunstancias.

¿Y cuál es la moraleja? Diréis. Pues ninguna, y eso es lo mejor. Es una fábula sobre la superficial vida farandulera hollywoodiense y de todos los juguetes rotos que ha dejado atrás. La historia del abismo existencial en el que se hunden después de su éxito, cuando ya la fama y el dinero no son capaces de reparar todo aquello que hace mucho se rompió. Un producto capaz de criticar todos los valores de la sociedad moderna y salir airoso, porque narra esas verdades que nadie más se ha atrevido a contar. Pero no todo es depresión, angustia vital e infelicidad, lógicamente, porque hay  momentazos humorísticos épicos para el recuerdo. La serie es muy divertida a la hora de criticar en general y sabe hacer reír como ninguna otra con un humor ácido, muchas veces absurdísimo y con referencias constantes a la cultura pop. Y ese toque en todos sus capítulos es el contrapunto perfecto a su existencialismo, el equilibrio perfecto.

¿Puntos a su favor? Los tiene todos. El fundamental, un reparto de voces perfectamente escogido que hace que la serie brille por sí sola. A Will Arnett (‘Arrested development’) le acompañan, entre otros, Alison Brie (‘Community’)  y Aaron Paul (‘Breaking Bad’). Y cada capítulo incorpora nuevos actores , de los cuales destacan por su regularidad, Patton Oswald, o sin ir más lejos, Lisa Kudrow, Lin Manuel Miranda o Sharon Horgan.  También es de halagar su tono, su naturalidad, el hecho de que no tenga pelos en la lengua, y no solo por su uso habitual del humor negro, sino por la sencillez con la que aborda temas tan espinosos como la sexualidad -o su falta-, la compleja mecánica de algunas relaciones familiares o el consumo de drogas. Además, esta última entrega se ha convertido en paradigma de la asexualidad y no son pocos los medios que aseguran el impacto que está teniendo a la hora de reflejar un tema tan complicado en la pequeña pantalla.

’Bojack Horseman’ no tiene una moraleja clara y no quiere adoctrinarnos más allá de poner de relieve lo difícil que es la búsqueda  de la felicidad, aún para alguien con dinero y fama. Y sobre todo es destacable su calidad in crescendo, dejando para el recuerdo un capítulo mudo subacuático totalmente fascinante, y en esta última entrega, una descripción fiel de la ansiedad y la depresión y otros trastornos mentales, sin dejar de lado nunca su ácido y mordaz sentido del humor.

Después de tres temporadas es evidente que es difícil que las cosas cambien y que el camino a la felicidad es difuso para todos. Sólo nos queda esperar que no vayan a peor. Por eso, cuando Diane pregunta a Bojack cuál es el secreto para ser feliz , este responde: “Finge que lo eres. Al final te lo acabas creyendo”.

En definitiva, es imposible no recomendar ‘Bojack Horseman’: La ficción que caricaturizó la depresión y la dependencia para hacerlas más accesibles y cercanas al espectador medio y que nos enseñó que aún cuándo todo se va a la mierda, es posible esbozar una sonrisa.