Bienvenido Octubre

 

Cada vez que llega Septiembre la verdad es que me alegro. El bochorno comienza a ceder, llegan las tormentas encendiendo la noche a intervalos de susto ¿Verdad? Cae granizo, las máquinas taladran el suelo abriendo una zanja debajo de tu casa y sientes el suelo vibrar a la hora de la siesta. Aprovechas una de esas repentinas lluvias torrenciales para echar una escapada fugaz a casa de tu ex y presentarte empapado en su puerta, solo para regalarle esa imagen, la de tantas películas; luego te marchas sin más, sin decirle nada. Correr por la calle lloviendo aún se puede hacer sin coger una pulmonía y así llegas a casa de tu imposible jadeando y empapado de agua de lluvia, pero no le dices nada, seguramente ella lo espere, pero tú quedas ahí parado y ella se queda en el umbral de la puerta sin saber qué decir y antes de que diga nada te vas corriendo otra vez. Aunque seguramente no esté o ya no viva ahí y lo único que hagas sea correr como un loco bajo la lluvia, bajo el granizo o bajo los relámpagos que alumbran la oscuridad a intervalos de sueño. También puedes coger el coche de madrugada y ponerte a LYNCH o Lykke Li y conducir drogado de Transilium y vodka hasta un puticlub de carretera. Uno de estos con grandes luces de colores. Hay uno en la carretera de Alicante que se llama Xanadú, como la residencia del señor Kane. Pues bien, llegas ahí, y te pides un Dyc sin hielo, te fumas un Ducados, te dicen que allí no se puede fumar y piensas en aquel que entró un día en un sitio como ese con una escopeta al grito de esta noche manda mi polla; pero lo apagas, el Dyc, y le preguntas a ese camarero con pinta de androide que cuándo empieza el streaptease, porque tú quieres ver un streaptease, quieres salvarle la vida a una chica supuestamente vulnerable y necesitada. Alguien que se parezca a Marisa Tomei y necesite a un tipo que esté lo bastante loco como para mirarla a los ojos y gritarle ¿¡no vale aquí mi maldito dinero!?, ¡quiero un privado! Sacar el fajo de billetes, estrellarlo contra la barra, escupir a la cara de perro vagabundo del camarero, montar un numerito en definitiva, y coger de la mano a Marisa Tomei para largaros de allí. Echando leches. Zumbando con el coche pisando el acelerador hacia ningún sitio, hacia el infinito, hasta que te quedes dormido y te estrelles. Tú solo. En mitad de la noche. Porque todo lo del puticlub te lo has imaginado. En realidad te has acostado con una mujer ya madurita entrada en carnes que seguramente tenga dos hijos en Nigeria a los que manda dinero todos los meses y te has sentido despreciable cuando te has corrido al darte cuenta de ser uno más aprovechándote de la explotación, colaborando con la peor de las formas del capitalismo salvaje.

Bienvenido-octubre

Lo que debería hacer es bajar al sótano de la tía que no tengo y escribir poemas a mano mientras suena CHET BAKER en la gramola. Escribir lo primero que me venga a la cabeza, no quieras ser presuntuoso ni imitar a nadie, escribe con miedo, despreciándote a ti mismo, escupe la flema, vomita la bilis, mea toda la sangre que lleves almacenada en la uretra. Sueña con ir hasta Francia a la vendimia saltando de… bueno hoy en día tendrías que colarte en el tren saltando tornos y huyendo de los revisores, seguratas y demás, y en algún tramo del camino bajarte la aplicación Blablacar.

Pero a lo que iba es que si septiembre llega con su oh dios mío, en Octubre yo ya estoy jodido. Sé que pensarás que la tristeza es mala, pero yo mientras dura la abrazo, le hago la cucharita, le dejo que me folle al despertar por la mañana y me deje tirado como un mando a distancia en el sofá por la tarde; me dejo llevar por ella después, de la mano, con ternura, a la feria y jugamos a disparar con escopetas de juguete y nos rompemos los dientes comiendo manzanas podridas cubiertas de caramelo. Así me las gasto yo con la melancolía.

Normalmente el sufrimiento sirve a algún propósito, tiene una recompensa, pero quizá esta locura sea sin sentido. Venga, a todos nos gusta un poco la tortura, ¿de qué sino vuelves siempre al kebab de la esquina después de haberte pasado fuentelahiguera bebiendo? Somos “masoquistas”, nos apretamos el hematoma, tocamos el plato ardiendo, nos comemos el chile, nos enamoramos de alguien que no puede correspondernos, compramos una hipoteca a 30 años a tipo variable y todo eso sabiendo de antemano que nos va a doler. No es que nos falte información. Esto es así, y es cíclico. Igualmente lo hacemos.

Esta melancolía nos acompaña, nos arropa, nos da un besito en la frente para luego arrearnos una hostia y arrancarnos la piel de la cara, como una careta. Es el calor metálico de una pistola en tu boca. Recordar. Esa mierda. Pensar en las vidas de las personas que ves, en cómo serán sus sentimientos, sus derrotas. Recordar los rizos cobrizos del último amor de verano, mirando las estrellas sin hablarnos y la expresión de su rostro en ese “momento” como la cosa más bella y efímera. El mundo podría perfectamente acabar en ese instante. En un estallido. De repente, y no poco a poco, como lo hace. Con cada latido. Recuerdo bailando La Lambada en la fiesta de fin de curso. Con Chus. Ese baile en el que la tenía que agarrar de la cintura con una mano, entrelazar nuestras entrepiernas a golpes pélvicos siguiendo el ritmo de la música. Y volver dos horas más tarde del toque de queda sabiendo que eso me acarrearía bronca y castigo. Recuerdo a Mónica acorralada contra las espalderas del gimnasio del instituto con los mofletes colorados, metiéndole la lengua a Samuel. Y un fuerte bombeo en mi cuerpo de sangre que provocara la misma reacción en mi cara. A unos cuantos metros de distancia. Recuerdo caminar perdido por las hediondas calles de Venecia y conseguir salir por fin a la Plaza San Marcos abarrotada de una multitud informe de cuerpos robóticos sin alma dando de comer a las palomas, comprando camisetas de fútbol, caminando por una cinta mecánica invisible, cuerpos pegados unos con otros, imposible separarlos, totalmente preparados para ser crueles, preparados para dar legitimidad a la opresión, todos listos para bailar en la discoteca y votar a su carismático líder cada cuatro años. Todos ellos igual que yo.

Repaso la lista de propósitos y quehaceres para este nuevo año, porque el nuevo curso empieza ahora, no en enero, no en primavera. Ahora. Dentro de esa lista hay varios ultimátums que me hago a mí mismo. Es la última vez que me fumo un cigarrillo, es la última vez que me masturbo con un melón agujereado calentado en el microondas, es la última vez que salgo corriendo cuando llueve de madrugada hasta el portal de casa de mi ex, nuestra antigua casa, para quedarme parado delante de la puerta como un perturbado. Es la última vez que me doy un ultimátum.

Pero va, la melancolía es bella, es una bendición. Dejamos atrás el olor a plástico sudado, a las amantes, esas que no duelen, la despreocupación, los mojitos y el dancehall en la playa, a aquella chica que bailaba entre tú y el sol, que te sonreía como la frivolidad más bella y suave que se pueda hornear en ningún sitio, ella era una posibilidad que nunca quisiste fuera real. Ella, siempre ella. Dejar todo atrás es necesario. Y es siempre la mejor opción. Me quedo con los árboles despoblados, el olor a tierra mojada. Las hojas en el suelo y los pelos en la almohada. Los gatos callejeros. La gente que bebe sola a primera hora del día. Y la que habla sola a última de la tarde. Esa vecina, mujer mayor, que escucho llorar a través de la pared después de colgar el teléfono.

El otoño es arrebatadoramente hermoso. Hay demasiadas cosas que duelen. Aquí y allá, se espantan y vuelven. Y no te dejan en paz. Por eso. Quítate toda esa pesada ropa empapada y baila conmigo, baila desnudo bajo la última lluvia de septiembre, déjalo todo ir. Ya pasó. Se pasó la juventud, lo que no hayas hecho está ya fuera de lugar, fuera de tu alcance, fuera de ti. Aceptémoslo, ven, sentémonos en un banco viendo lo que queda, cómo se termina el mundo.