Está lloviendo. Hace frío. Me pregunto qué hace tanta gente fuera de sus casas. Qué siente alguien que es realmente feliz. Yo, quizá, no sé, debo estar deprimido. O a lo mejor es la edad. Ya que he transitado por la vida un tiempo y me conozco sus cuarteles. Sus horas baldías alumbrando las paredes a través de la ventana enrejada. Pensaréis que no conozco la vida si no salgo de casa. No es cierto. Para nada. Sé que la vida es una palomita de maíz explotando a 30000 fotogramas por segundo. Sé que la vida es una cascada sobre tu cabeza. La aurora boreal. Las manos calentándose frente a una hoguera. Un helado de nata viendo atardecer en el malecón de La Habana. Mear borracho en un río, con la luna reflectante y el viento desabrochándote lo poros. Sé que un gran aplauso al final de una gran película, el tacto sedoso de unas sábanas recién lavadas o un zumo de naranja recién despertado que no hayas exprimido tú es la vida.

Pero para mí, todo eso, no significa nada. Mi compañero de piso me dice: “mira el sofá. Es azul”. Sí, ya lo veo.“Antes era azul y sigue siéndolo. Es el mismo azul.”
NO
porque azul era su pecho que bailaba frente a mí
azul era su culo chocando contra mi pelvis
su coño corriéndose en mi cara
a bocanadas su aliento y su lengua fría
su cara centelleando sudor salado
su pelo de cobre saltando, enredándose
en su boca sus labios rosados gimieron una vez mi nombre
adejtivándolo con un me encantas.

Así que
como verás
se puede decir
bueno
que no consigo ver ese azul del que me hablas
porque para mí la vida era ella poniéndose otra vez las bragas.