Azul amargo

Adeleinlove

Aquel verano no fue mi mejor verano, o quizás sí. En cualquier caso, siempre será “aquel” verano.

Aquel en el que me enamoré.

Aquel verano en el que me dejé la piel y me cegué; me deslumbró la mañana y prendió la chispa que no supe apagar.

Su piel

tintada de azul por la luz de la luna que se colaba por la ventana,

sus ojos verdes como el monte,

su cara de niña madura,

su piel de sábana recién lavada.

 

Su alma de terciopelo y de roca, su misterio de celestial infierno.

 

Las mariposas en el estómago se convirtieron en gusanos,

las promesas y las ilusiones fueron cantos de sirena

y yo me hundía una y otra vez en el profundo azul que presiona los oídos y encharca tus pulmones.

Mi mente se quemó pensando en que nunca te podré decir que quiero tu nariz rechoncha,

que anhelo tu boca africana,

que me chisporrotea el corazón al pensar en tu lunar a lo Crawford,

que lo que más deseo en esta vida y en todas las vidas es hacerte el amor toda la noche.

 

En realidad fue el mejor verano de todos los veranos habidos y posibles.

Porque todo aquel amor y todo aquel dolor fueron los más intensos.

Porque sin pasión, sin locura, sin anhelos ni melancolías, no existiría el verano.

No se entendería sin sus dulces borracheras y sus cuerpos encendidos,

sin sus almas embriagadas por el perfume imposible que te lleva a soñar con la locura.

Que se apaguen las luces,

que desmantelen todo este tinglado que yo me quedo en mi rincón con las diapositivas de aquel placentero julio suspendido en el tiempo;

y con el regurjitante sabor afilado de esta supervivencia de acero.

 

Sí, me despeño.

Y mientras caigo pienso que no existe cura para mi desaliento,

que no hay rama a la que agarrarme,

ni embocadura con la que arrocinarme.

Entonces atisbo, en un último suspiro,

que su piel fue tan solo una promesa vacía,

un desafío sin propósito,

una mofa del destino.

 

Fe, después de todo…

después de la piscina,

la montaña,

los niños corriendo,

los golpes con la bici,

las siestas en los coches,

los juegos en la cama

y los malditos escondites;

es creer en el amor.

Es lo mismo que creer en el ratoncito Pérez o el ángel de la guarda o la vida después de la muer