Anarquía (crónica del Sansan 2016) 2ª parte

(Lee aquí la primera parte)

Cuando me desperté –en algún momento me debí dormir, a pesar de la gentuza ladrando y cacareando en el salón y de los guarridos de Mac- no os creáis que no fui directo al salón para decirles chavales cortaos un poco cojones, pero no pude hacerlo, porque ya no estaban, se habían ido. Sin embargo, se dejaron en el espejo que habían descolgado de la pared y colocado encima de la mesa, una incitante montañita de histeria blanquinosa, insinuante y atractiva como una pervertida niña indie en shorts. Me fui para la cocina, a inspeccionar más que nada, porque lo que es desayuno no habíamos comprado. Salí al balcón. Cerré los ojos para sentir el aire en la cara. Al abrirlos me quedé mirando un rato el camping como quien mira la vida pasar. Un grupo de chicos llevaba a hombros una colchoneta con forma de cocodrilo y andaban como si fueran costaleros. Encima del cocodrilo iba subida una chica que se descojonaba viva y daba respingos cada vez que veía que se podía caer. – ¡Viva la Virgen del cocodrilo! le vitoreaban de vez en cuando. Al entrar de nuevo al salón la montañita blanca seguía ahí. Se le había unido MacDonald, que me miraba con la cabeza inclinada como en una reverencia y un turuto en la mano. -¿Qué haces?  – ¿A ti qué te parece?. En fin, no se puede luchar contra, no sé, contra los caprichos. Nos hicimos una cada uno. Nos duchamos, nos vestimos y bajamos a ver si encontrábamos algún sitio libre en cualquier terraza al sol para una cerveza y algo de picar. Nada más pisar la calle Mac de repente sintió ganas de cagar –Lo siento tío, ve tú y ahora te alcanzo   –No, tranqui, subo contigo. Nos hicimos otra más. Qué gustete que da el gusanete. Y ahora sí nos fuimos a desayunar.

Estábamos tan bien, tan estupendamente, tomándonos nuestro doble de cerveza, nuestra bolsa de papas… Me daba el sol en un lado de la cara y me sentía eufórico. No nos quisieron dar de comer, eso sí. Estaba el local lleno y la cocina a tope. Nos dio igual, fuimos al Hiper Patry a por macarrones y botes de salsa de tomate y volvimos al apartamento. Puse Amatria en el móvil, nos abrimos sendas Steinburgs y nos apartamos unas cuantas líneas. Nos apretamos otro par de cebadas, nos cocimos nosotros y luego la pasta y antes de que estuviera lista pharmaton por la tocha y después de comérnosla, la pasta, otro par de postre. Y así, de esa guisa salimos a la calle de nuevo, esta vez dispuestos a decirle al mundo ¡eh, tú, ¿qué pasa?!. El sol seguía dándonos en la cocorota; andábamos ligeros como nubes esponjosas empujadas por el viento, como manantiales fluyendo de la roca, y al cabo de un rato éramos espesa niebla condensándose por el arcén de la carretera. – Oye, estamos lejos, no está cerca el festival. Me vuelvo a por el coche. Le dije que le esperaba, él se fue. Pero a los cinco minutos me pareció ridículo estar ahí plantado como una puta, además de que el recinto quedaba ya a cinco minutos y no tenía ninguna garantía de que mi amigo volviera a por mí. Así que… me fui a ver a Ángel Stanich.

foto Jorge G Guerrero

foto Jorge G Guerrero

Os comento lo que para mí es realmente el mejor momento de un festival. Cuando consigues llegar a esas horas, 17:00-18:00 de la tarde, entras, hay poca gente, los decibelios todavía no son absorbidos por los cuerpos y la música suena disipada, libre y maravillosa, y tú te pides el primer litro de cerveza. Stanich muy bien, no lo recuerdo mucho pero me gustó -¿qué esperáis que os diga?, a estas alturas ya veis que esto no tiene nada de crónica-. Cuando terminó, le dije a una chica que me estuvo insistiendo durante la actuación en que me conocía, si nos íbamos a su coche. No, no follamos. De momento. Estaban sus amigos en el parking de la universidad, prácticamente el único coche, con su mesita de camping y sus sillas, bebiendo. Estos son profesionales pensé. Me invitaron a ron, a whisky de malta, a vodka con tónica, a jägger y alguna que otra Steinburg. Bueno, también sacaron una cartera e hicieron una ronda de speed. –¿Quieres? -… Bueno, va una. Se nos hizo de noche allí sentados. Tan a gusto. Escuchábamos La Habitación Roja desde allí, a lo lejos, como mejor se escucha. Recordé a mi amigo Mac. No sé como a la gente le puede gustar esta música. Me levanté a mear en el humedal que teníamos justo detrás. Mientras contribuía a aumentar el caudal con aquel interminable afluente que salía de mi polla, caí en la cuenta de que no estaba notando ninguna molestia de lo mío. La Luna inundaba con su brillo gran parte del parking, el coche de aquellos desconocidos y mi rostro. Titilaban destellos en el agua al tiempo que el croar de alguna especie de anfibio se confundía con el sonido lejano pero nítido de los conciertos. Y al girarme me encontré viniendo hacia mí nada menos que a mi ex. Venía hacia mí, ella sola, como un espectro. Una aparicón. En realidad no supe que era ella hasta que la tuve enfrente porque era una sombra en medio de aquella solitaria explanada. Eso sumado a mi miopía y el ciego considerable que llevaba me hizo pensar que definitivamente había perdido la cabeza. Pero que va, era ella. –Hola qué tal –Pues nada, aquí Ya veo dijo ella mientras me subía la bragueta. Sí. No me di cuenta de que me había saltado ese último paso. Los pantalones subidos, el cinturón abrochado y todo, pero me faltó ese detalle, a veces me pasa. Y ella me cogió la bragueta y me subió la cremallera, lentamente, la muy. Cuando se acercó a mi paquete casi me caigo de espaldas al humedal. Lo hizo con cuidado, lo que a mí se me antojó como tremendamente sensual y me provocó una erección inmediata. Sé que lo hizo para humillarme. – ¿Estuviste ayer? – Sí… – ¿Viste a Dinero? -…sí. Estaba nervioso y no pude más que tener una conversación cortés cuando lo que en realidad le quería decir era me has jodido la vida hija de la gran puta. Se despidió dándome dos besos y desapareció entre la negrura igual de rápido que desapareció de mi vida hace ya. Se escuchaba el playback de las Nancys Rubias y yo me quedé croando con las ranas lleno de musgo viéndola marchar, otra vez. En cualquier caso, me alegro de haberlo superado.

Volví al coche y mis nuevos amigos para siempre estaban guardando las cosas. -¿Os vais a ver conciertos? Se rieron. – Los que van a los festivales a ver conciertos son gilipollas. Este comentario terminó por confirmar que eran mi tipo de gente. Nos fuimos al primer bar que encontramos. Sería ya la una pero aún tuvieron la amabilidad de ponernos una cazalla. En lugar de agua –¡eh! ¡el agua para bendecir!¡a nosotros ponnos granizado de limón! nos la bebimos con granizado de limón. Muy rica. –¡¿Cuánto es?! Un euroPonnos dos más.

Llegamos a tiempo de Varry Brava. Solo puedo decir que fue un fiestón. Alguien me ofreció chuparme el dedo y le di. Sé que no debí hacerlo pero hay un momento, cuando se abren las puertas del cielo, en el que no puedes dejar de fluir y soy incapaz de decir que no. No pude decir que no a los besos de aquella chica –no recuerdo su nombre- a la que había conocido nada más llegar, en el concierto de Stanich, como tampoco dije que no a todas las litronas que pasaron por mis manos, aunque a lo mejor lo que querían era que las sostuviera un rato simplemente, pero no, yo bebía. Si me ofrecían algo yo lo tomaba. Un chico, que no sé de dónde salió, me dio un morreo y yo le metí la lengua. De todo esto también tuvo culpa Eme dj -y el M también-. Si la noche anterior los Ocho y medio nos hicieron mover el cuerpo, esta tía nos sacudió como a unos peleles y nos escupió al frío de la noche cuando estando en la cima de la montaña apagó su Macbook, se puso la chaqueta y se marchó como un velero llamado libertad. La gente le gritó que no y ella se despidió encogiéndose de hombros como diciendo no puedo hacer nada. – ¿Intentamos entonces entrar en la discoteca?. No quisieron acompañarme mis eternos amigos de una sola noche. Pero yo no estaba dispuesto de ninguna manera a volverme a casa. Se suponía que nadie que no tuviera entrada VIP podía entrar pero tal fue mi decisión, apartando a la gente que se encontraba apelotonada en la cola, que los de seguridad no miraron mi pulsera ni me dijeron nada, simplemente me dejaron pasar. Una vez dentro me sentí un poco idiota, pero insisto, iba bonico, pero bonico, y si me iba a casa ya, me iba a sentir muy mal. No sé cómo se lo tomarían el resto de gente, supongo que muy mal también, al ver que a las 3:30 se termina el festival cuando lo normal debería ser a las 6:00 incluso 7:00-8:00. Si no te dan más opción que salir otra vez a la carretera -lo cual es peligroso- y en ese estado, la gente solo puede hacer el mal -más peligroso todavía-. Suerte que me encontré a Bastian que también estaba solo bailando en una de las salas. Estaban pinchando drum ‘n bass y mezclando canciones muy diversas y bailables, lo cual fue una sorpresa. Bastian hacía el baile del señor orgulloso. Me puse a bailar con él. Creo que me vio porque me sonrió pero acto seguido continuó mirándose los pies. Así que después de un rato me fui a explorar. Una de las salas era como un foso romano, al aire libre, rodeada de motivos piratas: un barco de madera, la bandera con la calavera y esas cosas. Lleno de chiquillos con tupé y camisas blancas con el cuello abotonado bailando al ritmo de demasiado picky, picky, picky, picky, picky . Me acerqué a bailar con una chica en plan dar golpes con el pecho al tiempo que tiras los codos hacia atrás y das pequeños saltos hacia delante. Esto yo, ella me miraba como si fuera un payaso.

Polock_Papu

foto Jorge G Guerrero

Me volví andando solo a casa comiéndome una porción de pizza que pillé en el único puesto nocturno que hay enfrente del parque del Clot de la Mota. Me resultó curioso y volví a caer en la cuenta de que no llevaba sentimientos de culpa y esto debía de ser porque tampoco llevaba ningún síntoma de malestar conmigo. No es que me hubiera olvidado de mis males, es que no notaba nada; ni escozor en el perineo, ni hinchazón en la vejiga, ni dolor en el costado izquierdo. Nada. Como si me hubiera curado a pesar de haber castigado mi cuerpo tanto. Lo atribuí al hecho de haber conseguido desconectar el Windows durante más de un día. Recordé por qué estar de festival es tan maravilloso. Sin preocupaciones, sin cargas, sin responsabilidad. Solo gozar y dejarse llevar. Ser otro o más bien ser realmente tú mismo. Recordé también tantas noches de verano volviendo a esas horas cruzando la playa, con el sonido de los pájaros, el olor a azahar y el rojo amanecer. Al llegar me servía un zumo de piña de la nevera y me lo bebía mirando el Montdúver y pensaba en ese poema: mi corazón está vagando, en sueños…¿No ves Leonor, los álamos del río con sus ramajes yertos? Mira el Moncayo azul y blanco; dame tu mano y paseemos. Pero en esta ocasión me dio por recordar esta canción de Izal, la de “Pequeña gran revolución”, no puedo explicar muy bien por qué. Como no puedo explicar por qué razón al día siguiente me desperté en la cama y al ir a levantarme noté como todo mi cuerpo se despertó conmigo excepto mi pierna izquierda. Al principio pensé que se me había dormido, pues como se te duerme un brazo, pero apenas la podía apoyar. Me fui cojeando a ver a Polock aunque para mí se terminó ahí el festival. Escribí a Mac para que me recogiera. Se había vuelto a Valencia. Aún así vino a por mí. Qué majo es mi amigo cuando quiere. Ahora voy con una muleta a lo Doctor House y hace poco que también me empezó a doler la ingle y la cadera por ese mismo lado de la pierna. Hasta estoy pensando en comprarme una silla de ruedas.

Lo que sí me he comprado ya es el abono conjunto del SonoramaEbrovisión. No, en serio.