Amar es compartir

selfie con secuestradorAmar es compartir. Compartir es vivir. Fav, Share, Me gusta, Escribir publicación, Recortar foto, Filtro Valencia, Hastagluego y muchas cosas más.

Aviso para los Haters, no voy a hacer una crítica a la sobreexposición a la que estamos sometidos (y nos auto-sometemos). No lo voy a hacer por dos motivos bastante lógicos: primero y principal, porque la parte de mi cerebro que se encarga de la congruencia y de la integridad personal se encuentra bastante cerca de la que se hace una media de treinta selfies al día y, sinceramente, valoraría bastante si los dos hemisferios me aguantasen sanos y enteros unos años más. Y segundo y bastante importante, porque hoy en día os juro que ya no sé distinguir entre lo que se hace por postureo y lo que no. Y como ya no sé si esta moda del ‘’anti-postureo’’ también es postureo, ni si el que se queja en Facebook de Facebook se está tomando la medicación adecuada, he decidido que voy a escribir lo que me dé la gana sobre lo que me dé la gana.

Empecé a darle vueltas la semana pasada, cuando salió la foto del pasajero del avión con el secuestrador y el falso cinturón bomba. Primero pensé: retrasados. Los dos. Pero luego, claro está, vino la inevitable introspección de turno. Está claro que si secuestran el avión donde viajo es más probable que me encontréis respirando en una bolsa con un ataque de ansiedad e intentando llamar a mi madre que cerca del tío con los explosivos (eso si conseguís meterme en un avión) pero, a menor escala, me vino a la cabeza la frase que más escucho a lo largo del día: Eva, deja el móvil.

Todos tenemos ese amigo/a que sube foto del plan que estamos haciendo al instante, al que le tienes que requisar el móvil si quedáis a tomar cervezas o al que hay que recordarle que la digestión se hace igual aunque no le hagas un book previo al plato. Bien, pues esa amiga era yo. Y digo ‘’era’’ y algunos se reirán, pero hablar en pasado ayuda (o eso dice mi terapeuta de Apple) y, de verdad, creo que estoy alcanzando un grado de moderación que me gusta y que considero (algo) sano. Cuando en diciembre fui a un concierto de mi cantautora favorita (cuyo nombre no diré por temas de imagen) y me descubrí grabando mi canción preferida y viéndola a través de la pantalla del iPhone – teniendo la actuación en directo a 10 metros -, algo en mi cabeza hizo ‘’click’’. Y no hay más. Creo que es como cuando de repente a tu hipocampo le da por superar a una ex-pareja, o como cuando decides dejar de fumar o empezar a respetar los límites de velocidad. Simplemente pasa, forma parte del proceso de maduración. Unos maduran antes y se saltan la etapa de fotos al espejo del baño y otros son más tardíos y salen en la prensa de medio mundo con sonrisa de gilipollas y un secuestrador al lado. Pero, normalmente, acaba pasando.

Yo, con 23 años, comparto una media de dos fotos diarias de mi perro en las redes, me quejo de casi cada decisión política que se toma en el mundo, subo foto de la amiga con la que estoy y un ‘’no la puedo querer más’’ escrito encima (porque NO LA PUEDO QUERER MÁS, ¿VALE?) y tuiteo cuando me aburro en el metro. Sólo me he puesto una norma que intento cumplir siempre: antes de compartir lo que sea por cualquier red social – incluso antes de mandar un whatsapp – intento pensar: ¿por qué lo hago? Cualquier motivo que NO sea ‘’mi vida es una mierda y necesito la aprobación de los demás’’ es apto para dar luz verde (de verdad, el motivo ‘’darle celos a mi ex’’ debería estar incluido en alguna cláusula de los términos y condiciones de uso como ‘’protección del amor propio’’).

Y ya está, eso es todo. He encontrado, o más bien estoy en ello, la manera de sobrevivir en la sociedad que hemos creado; la manera de satisfacer la necesidad de exponer mi vida al mismo tiempo que recuerdo que mi cerebro tiene más de 16Gb de memoria. Que aunque no haya foto, el momento ha existido.

Pero eh, no confundirse. No lo estoy defendiendo. He usado la palabra ‘’sobrevivir’’. Como quien hace una guía práctica de “Cómo sobrevivir a unas oposiciones”, no como quien quiere vivir eternamente en ellas. Soy consciente de que para vivir – VIVIR de verdad, así, con mayúsculas y en negrita – tengo que quitarme la lacra de los likes y el 4G de la cabeza. Soy consciente de que el grado de felicidad y el grado de desconexión al móvil y a las redes están íntimamente relacionados. Amar es compartir, SÍ, pero en navidad quedé con una chica y, después de pasar toda la tarde con ella, abrí el whatsapp y tenía un mensaje de mi amiga Marta que decía: ‘’¿¿4 horas pasando del móvil?? Sí que te ha tenido que gustar, sí.’’ Y vaya si me gustó.

Así que amar es compartir, pero amar también es felicidad. Y la felicidad es otra cosa.