Hoy, como cada día, Dios ha matado de hambre a veinticinco mil niños.

Dios está en el corazón de los países pobres
porque el asesino siempre regresa al escenario del crimen.

A veinticinco mil niños con sus pequeños dedos
y sus sonrisas áridas y sus pies sin camino,
recién estrenados sus primeros pasos.

A veinticinco mil niños con sus barrigotas mentirosas
y sus ojos que preguntan, que siempre preguntan,
que muy abiertos preguntan, como heridas redondas preguntan.

A veinticinco mil niños que matarían a la puta cigüeña
que les dejó caer en tierras malditas.
Niños viejos muertos de polvo, niños rancios vivos de miedo.
A veinticinco mil niños A veinticinco mil niños A veinticinco mil niños

Mientras, a nosotros nos venden cuentos de hombres buenos
y de esclavos libres con televisores planos
y encefalogramas más planos aún.
Nos dictan sueños con instrucciones en otro idioma.
Deseos globalizados y rebeliones sedadas
con permiso del gobierno, claro.

Pero de repente, una gota de rabia se desliza
desde un basta ya hasta un silencio demasiado largo,
y una voz empuja cuesta arriba, y sin darse cuenta derriba al viento,
y con él se cae una mentira, sin estruendo,
como resbala una manta en la noche más helada, y ese frío, siempre…

Nos tratan como a ganado por eso sabemos lo que es la manada.
Han construido un muro con sangre y monedas
pero aprendimos a tumbar muros.
Han izado una montaña de estiércol, pero la mierda también arde.
Han sembrado odio y terror, y vamos a darles toda la cosecha.
Por esos veinticinco mil niños y sus ojos que preguntan,
que siempre preguntan, que muy abiertos preguntan,
como heridas redondas preguntan… ¿Por qué, señor?
¿Por qué has tardado tanto? Hoy es un buen día para morir.
La muerte es un precio cojonudo para la libertad
¡Cóbrate señor! y quédate con el cambio.

 

poema de Tomeu Ripoll